Él está acostado en su hamaca y ella se acuesta en el piso, a un lado de ésta. Se queda mirándolo desde abajo, como quien mira una pieza inalcanzable de un museo. En el fondo, sabe que es inalcanzable, al menos para ella. Lo mira como si él estuviera sobre un rascacielos y no a unos cuantos dedos de distancia. Ella le mira sus ojos, mientras él los protege dentro de las páginas de su libro, y es como si viera las estrellas o las nubes al atardecer. Sabe que están ahí, pero no sabe lo lejos que están.
Me gusta escribir poesía. La siento sobre mí: sus letras en mi piel, las historias en mi vida y las imágenes en mi sangre; el arte en mis sueños. Mi poesía es música y literatura. Más tengo un único poema que me gusta aún más, uno que se escribe solo, con un cuerpo absurdo. Baña sus palabras con vainilla. Sus perfumes amarillos y su quintaesencia violeta penetran mis heridas púpilas, cuando lo siento cerca. Soy una historia, mil más... las de ella, otras más; mi poesía y yo somos cientos y millones de historias. Aventuras que escucho venir de una voz cantante y dulce, aventuras que escucho en silencio y en sincronía con su respirar. Mi poesía vive... ha vivido por mí, vive para mí, vive porque yo vivo... para ella. Porque cuando la veo, un incendio celestial desaparece todo alrededor dejándome en el humo de la inspiración y la sensualidad. En medio de nada y de oscuridad, mi poesía y yo, nos encontramos. Entonces quiero cantarle, pero ella me enreda y siento música en mi espalda, en mi...
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