Hola a todos, gratos lectores. Ya que han pasado a ver lo que hago, agradezco que no se sometan a la inclemencia del tiempo y miren un poco más de lo primero que observen; los invito a que vean y comenten (si quieren y les gusta opinar) no sólo el o los primeros textos: al final de la página y en los principios de este blog también hay algunos buenos escritos.


10 de enero de 2010

Onírico

Estaba junto al lago, bajo la inmensa sombra de los árboles. Esa noche había una atmósfera más inquietante que de costumbre; la lenta y abrumadora brisa nocturna rozaba mi piel, incesante, como si su único deseo fuese desgarrarla. Me hallé ahí, perdido, sin saber cómo salir aún cuando sentía conocer perfectamente aquel lugar. Completamente solo, creí escuchar algunos ruidos, así que rebusqué difícilmente con mi mirada entre la negra profundidad del bosquecillo y los tenues rayos de luna. No obstante, no pude descubrir nada a mi alrededor. Quise tranquilizarme y pensé en tan sólo relajarme y disfrutar del profundo sonido del viento meciendo las ramas de la arboleda, entonces, una cálida caricia estremeció mi torpe cuerpo y luego de que mi espíritu se sintiera cercenado con ese inusitado contacto, lentamente, en un lapso que para mí lindaba en lo eterno, giré mi rostro encontrando tras de mí una mujer, una criatura hermosa, tanto, que para mí fue una confirmación de la existencia de Dios, pues sólo un ser perfecto podía haber creado a otro de perfección similar. Intenté agradecer su presencia, pero con sus delicadas manos detuvo mis titubeos cubriendo mi boca y no dejó escapar siquiera el suspiro que se atoraba en mi garganta, aquel que creí liberaría mi alma. Quedé extasiado con el brillo de sus ojos color cielo, sus labios que al moverse creaban música, su cabello flotando en el aire, el dulce aroma de su esencia, su cuerpo tan frágil junto al mío y aún así tan poderoso que lograba atribular mi alma ante ella... En un momento dejé de sentir la calidez de su mano, deje de ver el azul profundo de sus ojos, sus labios carnosos también desaparecieron, ya la brisa no podía ondear su cabello trayéndome su dulce aroma, nuevamente me sentí perdido y confundido... Ahora ya no había lago, ni bosque, solo oscuridad y vagos sonidos a mi alrededor... Finalmente abrí mis ojos y me descubrí junto a una fría ventana de taxi semiabierta, esperando un cambio de semáforo en una de las avenidas más transitadas de la ciudad, bajé la mirada y lamenté que hubiera sido tan sólo un sueño. Aún adormecido roté la cabeza sobre mi hombro para mirar por la ventana y en el auto de al lado me llamó la atención una dama que dormía, cabello largo, labios carnosos, delicadas facciones. Despertó repentinamente y me miró fijamente, ¡con sus ojos azul cielo! como queriéndome decir con su angelical mirada que ella también lamentaba que su sueño hubiera sido sólo eso.


Cuento original de Andrea