Hola a todos, gratos lectores. Ya que han pasado a ver lo que hago, agradezco que no se sometan a la inclemencia del tiempo y miren un poco más de lo primero que observen; los invito a que vean y comenten (si quieren y les gusta opinar) no sólo el o los primeros textos: al final de la página y en los principios de este blog también hay algunos buenos escritos.


15 de diciembre de 2011

Sentidos

Tengo ganas de verte,
como al sol que me despierta,
como a las luces en la noche.

Tengo ganas de olerte,
como a los jardines de flores,
como al café cuando quiero más.

Tengo ganas de tocarte,
como a la arena del caribe,
como al piano en soledad.

Tengo ganas de escucharte,
como a los vientos del sur,
como a los sónidos oníricos.

Tengo ganas de hablarte,
como cuando se evocan besos,
como a la soledad: ¡libre!.

Tengo ganas de recordar,
como ser un pensamiento tuyo,
como ver un arcoiris en tu piel.

Tengo ganas de cerrar(te) los ojos,
como imaginando bruma en el aire,
como sintiendo desde las células.

Tengo ganas de expresarme,
como ante las alturas y
no quedar con nada adentro.

11 de diciembre de 2011

El corazón de un hombre

Se dice que dentro de los corazones hay un mundo, un mundo de sueños y sentimientos; un planeta, que en el corazón de un hombre, se estremece cuando siente orbitar cerca el corazón de una mujer.
Hubo un planeta de esos, que era pequeño, pero soportaba muchas fuerzas femeninas en su atmósfera. Ahí vivían la compasión, la paciencia, el amor, la soberbia y la inocencia. Y en este lugar, pequeño como una casa, con estos seres, naturales como animales, existe una gran historia.
La inocenia fue la primera en salir. Fue al río y allí vio, sobre el horizonte, como una estrella enorme se escondía tras la cascada. La joven y tierna inocencia se emocionó tanto al ver tal maravilla que olvidó su baño y sus juegos en el agua y se devolvió corriendo a la casa de la paciencia.
-¿Qué es? ¿Qué es? -le preguntó emocionada.
La paciencia le acarició el rostro amablemente, con comprensión.
-Cálmate. Dime. ¿Qué viste?
-Una estrella. Era muy grande. Cayó por la cascada. La vi. La vi. Era roja y volaba muy rápido.
-No es así -le decía riéndose la señora Paciencia-. En el fondo del río, allá abajo, seguro que no vas a encontrar nada.
-Entonces ¿qué es, señora Paciencia?
-Tranquila, niña. Ya lo averiguaremos.
La inocencia, que confía siempre en los demás, esperó como le enseñó la paciencia, hasta que ésta le dio una respuesta.
Pocos días después, la señora Paciencia llamó a la joven Inocencia para anunciarle del impresionante descubrimiento que había hecho. Le dijo que la estrella que había visto esconderse sobre el río no era más que un corazón de mujer que se acercaba caliente, como un asteroide, hacia su planeta.
La inocencia estaba tan entusiasmada creyéndose un ser especial e importante. Pensaba que ese descubrimiento le marcaba una admirable vida. Se sentía increíblemente satisfecha e imponente. Su alegría no se comparaba con ninguna hasta entonces en ese mundo. Se fue brincando y cantando por el bosque y ahí se encontró, en una montaña, a la belleza, un joven atlético y muy cortés.
Pues juntos estuvieron siempre y como ya es bien sabido, la inocencia es la madre del amor. Pero aquí vemos que el padre es Belleza y que el amor nació por la aparición de una mujer en el corazón de un hombre aconsejado por la paciencia.


El planeta de la mujer seguía orbitando el corazón del hombre y cada vez que pasaba sobre el río, el amor sonreía; cuando se escondía detrás de la cascada, éste se lanzaba al agua a buscar la luz en el fondo. El amor creció siempre entre la inocencia y la belleza. Sin embargo, nunca nadie entendió el porqué del sorprendente gusto del niño por esa estrella roja que volaba sobre el río.
-Las estrellas no vuelan, hijo mío -le decía Inocencia recordando lo que Paciencia le dijo en su juventud-. No vas a encontrar nada en el fondo de la cascada.
-Entonces, ¿qué es?
-Esa estrella que vemos, hijo, es otro planeta, como éste. Sólo que ése es de una mujer. Ahí habitan sentimientos también, como aquí. Pero creo que no podrás conocerlos.
El amor se mantenía triste por esas épocas, pues quería conocer ese lugar; esos seres le causaban gran interés. Echaba y echaba, como rocío a las flores, pensamientos y plegarías al cielo. Creía, como su madre, que un ángel las escucharía y las llevaría a ese corazón. Todas las noches, a la orilla del río, viendo enamorado la luz roja reflejarse en la corriente del agua e iluminar las piedras, rogaba que alguien en ese lugar pudiera escuchar su voz.
Una noche, muchos años después, llegó al río una mujer vestida de princesa. El amor se sintió muy atraído por su aroma.
-¿Quién eres?
-Mi nombre es Compasión.
-¿Qué hace un ser tan elegante a esta hora, en la orilla del río? Es peligroso.
La compasión, que sabía lo que sentía él, le dijo que le gustaba mirar el cielo en la noche. La estrella roja también le intrigaba.
-Entonces, ¿por qué nunca te había visto? -le preguntó.
-Te he visto arrancar la arena de ese lado del río con tus pies hace ya muchísimas noches. He sido algo discreta, pero hoy quise acercarme a ti.
El amor se unió esa noche con la compasión. Se olvidó de rogar a los ángeles que alguien en la estrella roja pudiera sentirlo. No volvió a sentir la curiosidad ni la tristeza, al esconderse la luz detrás de la cascada, de esos tiempos. La compasión era tan sensual que el amor se dejó llevar por su apaciguamiento. La compasión engañó al amor haciéndole creer que otro camino era el correcto. Gracias a ella, el amor conoció a la soberbia.
-Ven -le decía la soberbia tentativamente al amor-. Con nosotras, descubrirás todo este lugar. No tendrás que volver a mirar el cielo en las noches.
Desde ese momento, el amor se perdió por la compasión y la soberbia. La compasión hizo que el amor se desilusionara de aquel corazón de mujer y la soberbia lo escondió.


La inocencia extrañaba el amor en su hogar y comenzaba a angustiarse.
-Busca a nuestro Amor, por favor -le pidió a Belleza.
Mientras tanto la inocencia fue a contarle todo a la paciencia y ésta le calmó prometiéndole que la encontraría y que volvería a su casa.
-Nuestro hijo no aparece, Inocencia. Encontré sus huellas en el río. Iban acompañadas por las de otro ser -se angustió mientras trató de comprender lo sucedido para dar con algún lugar.
-Calma, dulce pareja. La señora Paciencia me ha prometido que traería a nuestro hijo de nuevo a esta casa.
El amor se encontraba prisionero en los terrenos de la soberbia. Parecía que ahí se iba a acabar. La paciencia y su fiel compañero, Sabiduría, fueron hasta su castillo, más allá del bosque.
-Soberbia, sabes muy bien que no puedes acabar con el amor y sus ilusiones -anunciaba la sabiduría, enfurecido pero sereno-. Engañaste a este joven y te aprovechaste de su debilidad. Ahora, déjalo libre.
-Ahora mismo -le siguió implacable la paciencia-. El amor debe ser libre.
La compasión había huido tras haberle entregado el amor a la soberbia. La soberbia, ahora sola, frente a la fuerza de la paciencia y la sabiduría, se vio derrotada y escapó del lugar, perdiéndose en el bosque.
La pareja cumplió su promesa y el amor regresó al hogar de la inocencia y la belleza.
El amor volvió al río y la estrella continuaba surcando el cielo. Él volvió a rogar por ser escuchado en aquel planeta. En la tarde, se acercó un ángel y mientras se sentaba a su lado le dijo que alguien lo había escuchado y que, como él, había sufrido por encontrarlo. Lo levantó de la mano y lo abrazó de la cintura para volar con él fuera del mundo. Ahí le mostró al ser que lo esperaba, un ser femenino, hermoso, irresistible. Su nombre era Felicidad

Aún en esta época, fuera de esos dos corazones, pueden verse juntos al amor y a la felicidad, sonriendo siempre e iluminando las noches. El ángel se quedó con ellos, inspirándolos a seguir unidos eternamente. El ángel se llamaba Frenesí.